literatura

Cuento Larga espera

Cuando se empieza a bajar la cuesta de Toño Miranda en el camino que va de Miramar a Rio Seco, queda de frente el cerro El Gallo. El cerro lleva este nombre porque en las noches sin luna, desde su parte más alta, baja el canto misterioso de un gallo. que le mete escalofríos al más valiente. un compinche del Río Ciruelas; pues siempre está protegiéndolo El cerro es vientos arremolinados que violentamente intentan descargar su furia sobre el cause del río. Durante muchos años fue un cerro más de los que abundan en el Cantón de Montes de Oro. Y solamente se le tomaba en cuenta cuando metía susto con el canto de su gallo. Hasta que, un día de tantos, llegaron unos geólogos que lo escarbaron de arriba a abajo, le punzaron sus entrañas y se llevaron un material blancuzco para San José.

A partir de aquella visita, el cerro anduvo de boca en boca, pues en alguna cantina un geólogo dijo que habían descubierto en El Gallo un gran tesoro para la construcción de caminos y carreteras.

A la conclusión que llegó la gente después de aquel comentario fue que, en un país con tanta necesidad de vías de comuni­cación, ser entonces dueño de ese cerro era hacerse millonario.

Hasta ese momento muchos creían que el cerro no tenía dueño, y no faltó quien intentara echarle la cerca, pero se estrelló en sus pretensiones; pues estaba legalmente inscrito como propiedad de tres setentones: Félix Elizondo, Elí Brenes y Abelardo Elizondo conocido como Lalo.

A los dueños del cerro no los desveló la noticia. Con la tranquilidad que depara ser los legítimos propietarios, decidieron que el tesoro esperara para su explotación.

Pasó el tiempo… y otra vez el cerro fue uno más. En esta ocasión la indiferencia fue mayor, porque desde el tiempo del paso de los geólogos, de quienes nunca se supo nada más, no se volvió a oír el canto del gallo.

Recientemente, unos inversionistas propusieron comprar la finca donde está el cerro.

La propuesta fue muy atractiva y de los tres socios dos aceptaron, pero el otro dijo que le dieran tiempo para pensarlo.

No más se alejaron los compradores cuando Félix exclamó:

¿Es que a ustedes todo se les olvida? -Se les olvida ¿Qué?- dijo Elí.
-Diay que ese cerro tiene un material que vale mucha plata -¿No recuerdan el estudio de aquella gente de San José? -Por algo quieren comprar el cerro. – Tenés razón. Lo mejor es averiguar; porque a la larga nos estamos embarcando.

Y entonces llegaron al acuerdo de que Lalo, por ser el más joven, averiguara en la universidad a ver como estaba el estudio; que dicho sea de paso, ya tenía sus años.

Tengo mis dudas de que el mandado se haya hecho tal y como fue solicitado. Hay que tener presente que Lalo estaba a favor de la venta del cerro. Lo que sí conocía Lalo, desde muy joven, es que los tiempos en Geología son de miles de años. Un mes después se reunieron los tres y Lalo dijo:

-Es cierto, el material de El Gallo es valiosísimo para caminos y carreteras.
-Se los dije que por algo nos querían comprar- dijo Félix
-Lo que pasa es que hay que darle tiempo para que valga la pena sacarlo
-¿Y cuánto hay que esperar? – preguntó Elí. -Quince mil años.
-En ese caso mejor vendamos- replicó Félix- porque a la larga para ese tiempo ya los tres estamos muertos.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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