literatura

Cuento La pulpería de Plutardo

En Montes de Oro la gente nace, crece y finalmente muere, a puras emociones y sueños de que algún día saldrá de apuros gracias al oro que guardan los cerros que están más allá del río Ciruelas camino hacia la Zona Norte.

Así tenemos que los vecinos de Santa Rosa, San Isidro, Las Delicias y Miramar, de repente son sorprendidos por un inmenso desfile de maquinaria pesada, grande y sofisticada que lentamente y con gran estruendo se encamina hacia el norte… hacia las minas.
Y tras el desfile, nuevas ilusiones, nuevos sueños y esperanzas de que ahora sí es cierto que se va a reglar la situación. Entonces el oromontano abandona la milpa, abandona el frijolar, se mete al túnel por un tiempo para terminar como siempre, con una desilusión más.

Estas alegrías de temporada llevan mas de un siglo; y ocurre que después de unos meses o a lo sumo un par de anos, la maquinaria queda por allí botada, llenándose de herrumbre y de monte, entonces el minero regresa al surco, y el gringo, canadiense o inglés, con el oro a su nación.
Pues bien, hoy estábamos recordando una de las tantas veces que, como oromontanos, nos tocó vivir este fenó­meno. Fue por ahí de 1960, aún no teníamos edad para trabajar en un túnel pero éramos conscientes de que algo teníamos hacer que para ganarnos unos cincos y sacar provecho de una situación que ya entendíamos duraría muy poco.
Los gringos habían entrado con su maquinaria a La Unión y aquel pueblito chiquitito que dormía tranquilo a la orilla del río, despertó de súbito y se llenó de gente que venía de todos lados: unos a trabajar como mineros, otros a vender cuanta cosa se puedan imaginar.
Fue la última vez que La Unión se llenó de negocios, pulperías, fondas y salones de baile.
Época en que nació la famosa «Pimpona» que era una cazadora (hoy bus) toda pintarrajeada que salía del Almacén Pochet para La Unión y que era conducida por el recordado Róger Prendas, conocido como Pimpón, con Cancón Miranda de cobrador. Todavía no logramos entender como «La destartalada Pimpona» salía adelante en la cuesta de La Rastra. La única explicación que cabe es que haya sido por la calidad del chofer y su ayudante.
Les cuento que por recomendación de Rogelio Porras conocido como «Chocuaco» nos enrolamos con la gente que se fue para La Unión de Montes de Oro a buscar mejor vida y terminamos trabajando en el particular negocio de Plutarco Castro Paniagua. Plutarco no llegó a la Unión, él estaba allí cuando llegó la maquinaria y fue uno de los poquísimos vecinos que no se metió al túnel, pero a cambio de eso montó un negocio ya que toda su vida se había dedicado con mucha entrega y esfuerzo al comercio.

Cuando decimos particular negocio es porque en la pulpería de Plutarco usted podía comprar un novillo, jugar un gallo, comprar el arroz o la manteca, tomarse un trago de ron, jugar una mesa de pool, comprar una olla, la camisa, un martillo, el pantalón, y echarle una moneda a la rocola. Sin lugar a dudas que, como hijo del pueblo, el dueño de la pulpería se sintió con el derecho de acaparar todo lo que podía; y el resto si era que quedaba resto, que fuera para los foráneos. Podemos resumir que Plutarco se adelantó a los «malí» de hoy en día.

En aquel mare magnum comercial yo le medio ayudaba a Plutarco, quien es una persona con alto sentido del humor, servicial, alegre, conversador, gran bailarín, deportista y político. Por su personalidad no es de sorprenderse que en una misma caja ingresara el dinero por la venta de un tostel, como por una apuesta, y que de allí mismo tomara unos billetes para comprar una vaca a don Salomón Mesón y si sobraba algo pues iba para la caja de nuevo.
A pesar de nuestra edad, veíamos aquello como muy enredado, muchos mineros que atender, varias actividades en un mismo lugar, una sola caja y ni un solo papel en donde se escribieran todas estas cosas. Por eso un día de tantos pensamos que se requería algún orden y le dijimos al patrón que se comprara un par de libros para llevar una especie de contabilidad.
La propuesta como que no le hizo mucha gracia, pero después de insistir por varias semanas, llegó Plutarco con un gallo debajo del brazo y los dos libros; que entendimos los había comprado en Alajuela después de asistir a la plaza de ganado.

Nos alegramos de que nos hubiera puesto atención, y ese mismo día cuan o Plutarco hizo caja y nos dispusimos a ingresar al mundo de la contabilidad, le preguntamos:

-¿Cuánta plata entró?
-Apunte, sesenta y dos colones. -Muy bien.
-Ahora hay que anotar la compra que se le hizo a Ornar de un saco de sal y una caja de candelas.
-¡No! – ¡No! Apuntemos nada más las entradas, no ve que es muy feo apuntar las salidas.

Desde luego que con ese tipo de contabilidad, a los diez meses ya no existía el negocio y así nos adelantamos a los gringos en desocupar el pueblo.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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