literatura

CUENTO REMEMBRANZAS ARBITRALES

La historia indica que los campeonatos mundiales de fútbol ponen de cabeza a medio mundo. El reciente Mundial no fue la excepción; y como siempre, con el deseo de ver los partidos, se inventaron incapacidades, se solicitaron vacaciones, aparecieron malestares estomacales, dolores de cabeza, y más de uno se convirtió en un verdadero estorbo en la casa frente al televisor.

Y para los que necesariamente tuvieron que cumplir con el trabajo, se las agenciaron para ver a hurtadillas pedacitos del partido por medio del televisor camuflado entre computadoras, archivos y papeles.

Formando parte de la incomodidad casera y como consecuencia de que nuestros jugadores no dieron la talla, terminé viendo este mundial poniéndole más atención a los árbitros que a los jugadores. Fue así que tomé mi tiempo para ver y pensar en su gran responsabilidad, en la autoridad que ejercen, en el riesgo que corren, en su toma de decisiones, en fin, en todo eso que llevan los árbitros que muchas veces los envuelve como de miste­ rio, para llegar a la conclusión cajonera de qué el árbitro es pieza fundamental dentro del engranaje de esa maquinaria que se llama fútbol.
Viendo a estos árbitros mundialistas, las meditaciones me llevaron a recordar a muy buenos amigos que, me imagino, soñaron con estar algún día arbitrando en un cam­peonato mundial; pero que, no obstante haber puesto su esfuerzo, empeño y dedi­cación, no lograron su cometido; como todo en la vida, a veces las cosas no salen.
Vi en estos árbitros a un Paulino Miranda; hombre honrado y gran deportista, cuyos esfuerzos en esta vida quedaron en Miramar de Montes de Oro. Paulino fue un árbitro de respeto; hasta que, en una final entre los equipos del Independiente y el Chachachá, pitó un penal. Hasta allí llegó su carrera arbitral y desde entonces exhi­bió en su frente una marca como hecha por un tenedor, y que fue consecuencia de la bronca que se armó aquel domingo en la plaza de Miramar.

También vi en estos árbitros a Oscar Alvarado Desanti, quien pronto entendió que no estaba para estos ajetreos y entonces se dedicó con gran éxito a la banca.

Oscar, haciendo gala de su honestidad, un día de tantos pitó un legítimo penal; con el agravante de que faltaba un minuto para que terminara el partido. Mi buen amigo pitó, corrió, extendió su mano derecha y señaló el punto fatídico donde se cobran los penales…eso fue lo único que recordó mucho rato después de que se le atrave­sara, cuando iba a toda carrera al marco este, y lo recibiera con un golpe en seco y por la pura cabeza, el dueño del equipo de Abangares.

Como fueron muchos los años que estuve en la planilla de un banco, también fue mucho el tiempo que compartí con Miguel Solano «Cubío» un compañero de trabajo lleno de amor y de servicio hacia los demás.

Pues a Miguel le dio por ser árbitro y tenía fama de que el equipo que corría con su traslado difícilmente perdía. A la larga era mera coincidencia, pero como la gente es tan mal pensada…

Recuerdo que fue motivo de torcidos comentarios del invicto que tuvo en un campeonato de ese Banco el equipo La Real Pellejera; dirigida por Mondragón, Peralta y el gordo Polaco; ya que en el bus de este equipo siempre viajó «Cubío». Y como si fuera poco nunca faltó, de parte de los tres, la invitación al árbitro antes y después del partido; con buen hielito, sal, y limón, lo cual hacía acrecentar la sospecha.

Pues les cuento que un domingo después de un recorrido con la familia por los valles de Cartago, y de vuelta para San José, al pasar por Orosi vi un montón de gente haciendo tremendo escándalo en el centro de la plaza. Le pregunté al policía que estaba en la esquina de que se trataba aquel barullo y me contestó:

-Es que le están pegando al árbitro porque nos anuló un gol legítimo.

Ese día y gracias a la ayuda de un par de desconocidos me traje a Cubío desde Orosi hasta el Hospital San Juan de Dios.
Bueno, al menos el campeonato mundial de fútbol me permitió recordar a buenos amigos aunque dolorosamente en situacio­nes muy difíciles. Amigos que no llegaron a un campeonato mundial como árbitros, que se quedaron de camino como muchos otros en este mundo, pero que, a la larga, ganaron más, quedándose en casa que asis­tiendo a un certamen de esta categoría para eventualmente solo hacer un papelón; tal y como se ha visto en algunos árbitros dizque mundialistas.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

Artículos recomendados