literatura

Cuento la promesa

Resultó de buen gusto la actitud de Mauricio Montero cuando cumplió la promesa de recortarse el cabello si la Liga Deportiva Alajuelense le ganaba al Saprissa.

Cámaras de televisión y micrófonos aparte, la verdad fue que hizo una promesa y la cumplió.

En medio de la euforia que le deparaba el triunfo manifestó: «…Y a la Virgencita de los Ángeles le digo que mañana le cumplo la promesa.»

Sospeché que en su cumplimiento, le esperaba la tradicional caminata a Cartago, un esfuerzo relativamente fácil, para un deportista de su calidad.

Pero no fue así, el asunto andaba por el lado de recortar colochos, en donde con­sidero que el sacrificio es mayor; pues se sabe que su larga cabellera había formado parte de la imagen que se tiene de este esforzado futbolista, hoy como técnico, y ayer como jugador de la Liga y de la selección nacional.

Bueno, allí está el ejemplo de Mauricio Montero. Especialmente para los políticos de pacotilla; quienes con frecuencia se llenan de promesas que nunca cumplen; lo que ha originado una justificada, peligrosa y creciente incredibilidad del pueblo hacia todo lo que huela a política.

Pero estoy seguro que aparte de lo que significa la descarada y repugnante prome­sa política, por ahí quedan muchas otras por pagar, similares a la de este cuento, y de las cuales, tengo que confesarlo, yo no me escapo. La verdad sea dicha, la cuenta que le debo a San Gerardo por curarme ataques de asma infantiles y por haberme permitido ganar los grados escolares es bastante grande.

Y es que, la promesa surge cuando se está en el aprieto y por lo general, una vez que se salió del apuro, una vez que se logró lo que se ambicionaba y se entra a la nor­malidad, con sus demandas, obligaciones y compromisos terrenales de siempre, con facilidad olvidamos lo prometido; aún cuando nos recuerden la promesa al oído. Si no que lo diga mi buen amigo Carlos Moya cuando varias veces le recordaron en la Iglesia de Miramar que debía una promesa.

Hace de esto muchos años, Carlos junto con tres amigos y su hijo, el tocayo Albán Moya, estuvieron cinco días perdidos en las frías y lluviosas montañas que sirven de caballete a los Cantones de Montes de Oro y San Carlos.

Cuando tenían tres días y tres noches de dar vueltas y vueltas para terminar siempre en el mismo lugar, empapados, con ham­bre, y mucho frío, Moya, desesperado, sacó de una bolsa plástica una buena cantidad de billetes y gritaba (todavía Podía hacerlo) a sus compañeros de infortunio:

¡De qué sirve esta plata! -¡Qué gano con tener tantos billetes, si no podemos comprar nada, si no podemos salir de esta montaña! -Prometo que si salimos vivos de aquí, todo este dinero y un poco más que se quedó en la casa, se lo entrego a la Iglesia.

Finalmente Carlos Moya y sus mucha­chos fueron rescatados. Y Hubo mucha alegría en el pueblo.

Semanas después se ofreció una misa para dar las gracias al Creador. Ya en la iglesia, uno de los compañeros de Carlos le hacía el recordatorio al oído:

  • Carlos la promesa, -recordé la promesa, a lo que Moya, contestó en voz baja:
  • ¡Callate! -¡Callate! ¡Que eso lo arreglo más adelante!

Por eso, consciente de las promesas que debo y recordando a Carlos Moya, es que reconozco lo que vale el cumplimiento de Mauricio Montero; aunque podría pensarse que cumplió rápidamente para que fuera noticia junto con el triunfo de su equipo.

Mientras que a la larga, don Carlos, sencillamente esperó para cumplir en silencio.

Lo que si es cierto es que nuestros polí­ticos difícilmente cumplen las promesas ni frente a las cámaras y mucho menos en silencio.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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