literatura

Cuento la matemática

He sido testigo de las angustias que viven los “inescrupulosos» profeso­res de matemática cuando el alumno de la escuela, o del colegio, pierde esta materia.

Es terrible la presión que reciben de los estudiantes, el papá, la mamá, el abuelo y la abuela del alumno, así como de los compañeros profesores, el director o la directora y de «gente de más arriba» para que aplique la alcahuetería denominada ‘curvita ‘ a fin de que el alumno gane el año.

Y es que, en nuestro mundo del mínimo esfuerzo, de exigir derechos y no cumplir deberes, al estudiante que no aprueba matemática se le perdona; porque es una «materia muy dura» y además, el profesor o profesora nunca supieron explicarla.

Son muchos los padres de familia que durante todo el año solamente visitan el centro educativo cuando su hijito o su hijita se quedó en matemática. Entonces llegan al colegio o a la escuela queriendo derribar el portón y con ganas de tomar del pelo al pro­fesor o a la profesora porque su retoño ganó todo, menos la indeseable matemática.

Esta satánica propaganda que ha recibido la matemática, en donde la han ubicado como fuera del contexto de las demás materias, me llevó un día de estos a preguntarle a un familiar muy cercano, que le dio por estudiar matemática, a qué se debe este terror tan generalizado respecto a la matemática. Y las respuestas fueron:

-Porque la matemática exige un poco más de paciencia, no es que sea más difícil que las otras materias -lo que sucede es que vivimos en una sociedad en la que todo lo queremos ¡ya!
-¿Entonces, se trata de falta de disciplina en su estudio? -Pues sí… porque en matemática hay que ser constante e ir poco a poco, el conocimiento se va acumulando, no se puede estudiar esta materia de un día para otro -la verdad que ninguna materia, pero la matemática es un poquito más exigente -viéndolo bien lo que se le pide al estudiante no es nada del otro mundo; si llega a entender que no puede estudiar matemática el jueves para el examen del viernes.

Estas respuestas me llevaron a contem­plar el estudio de la matemática como ir construyendo un edificio piedra sobre piedra, todos los días. Y lo que más me gustó fue eso de lo acumulativo; porque interpreto que, hasta donde hoy llega mi conocimiento, de mucho me puede servir si lo aplico debidamente, con inteligencia y en el momento oportuno.

Veamos este ejemplo:

Hace un montón de años mi buen amigo Lorenzo Elizondo, de Tajo Alto de Miramar, salió de un apuro aplicando la matemática que hasta ese momento conocía.

Resulta que en la finca de su papá, desapareció una chancha que estaba a pocos días de parir.

Su papá, el siempre bien recordado don Julián, mandó a Lorenzo a buscarla.

Lorenzo, que hasta entonces solamente podía contar hasta cinco, obedeció y partió a cumplir con el mandato.

Mucho rato después don Julián recibió a su hijo con esta pregunta:

-¿Apareció?
-Sí papá y con chanchitos. -¿Cuántos tuvo?
-Cinco y tres más que no pude contar. -Bueno, eran los ocho que yo esperaba.

Y Lorenzo se quedó pensando… ¿Qué será «ocho»? Sin darse cuenta que había echo bien el mandado gracias a su astucia y a que ya sabía contar hasta cinco.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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