literatura

CUENTO LA CARTA

El hueco de la deshilachada cobija me permitía observarla noche tras noche haciendo lo mismo.

Veía su inmenso esfuerzo cada vez que pretendía llevar las ideas al papel. Interpre­taba que escribía algo importante pero que le costaba decir lo que tenía que decir.

Interpretación que tomaba fuerza porque siempre, antes de apagar el único bombillo que había en la casa y que colgaba sobre la mesa, la veía llorar con una angustia indescriptible que todavía hoy me llena de tristeza.

Yo deseaba ayudarla, pero no podía. Mi escolaridad era inferior al cuarto grado que ella había obtenido, hacia ya muchos años, en una escuelita pérdida allá por los cerros de Palmital.

Llegaba la noche y siempre era lo mismo: verla escribir, romper el papel, intentar de nuevo, enjugar una lágrima, rezar y apagar el bombillo.

Pero resulta que en una de esas noches como que todo le salió bien, su rostro se iluminó de felicidad y hasta le vi una linda sonrisa poco antes de apagar la luz.

Buzón que consistía en una rendija media torcida que se localizaba en la pared exterior de la casa de don Tomás León, lugar donde se recibía la escasa correspondencia de San Isidro de Montes de Oro.

Con la carta en mi poder y convencido de que aquel sobre llevaba un montón de angustias y desvelos, no me aguanté las ganas. Frente al aserradero de los Garros le aparté el papel y medio deletreando, pude leer a quién estaba dirigido.

Una vez que me enteré del destinatario, me asusté. ¡Y mucho! Nunca me imaginé tener tanta responsabilidad a mi cargo.

Así es que me apresuré a cubrir de nuevo el sobre y temeroso de fallar con lo encomendado, aligeré el paso hasta dejarlo donde tema que dejarlo.

Desde aquel día sabía que ella esperaba una respuesta y por eso no me sorprendía cuando me pedía que pasara por donde don Tomás a ver si había carta. Regresaba y le decía que no, que no había carta. Y enton­ces se ponía un poco triste, pero sin dejar de mostrar el optimismo que le vi la noche en que por fin escribió lo que tenía que escribir.

El tiempo transcurrió dentro de aquel montón de limitaciones económicas y sin recibirse la esperada respuesta.

Hasta que un buen día, estando mi hermana Teodora en la escuela, luchando con su vista que estaba a punto de perder, llegó un médico desde San José, enviado por el Señor Presidente de la República, para atender su delicadísima enfermedad.

Tres o cuatro semanas después fue operada con gran éxito en el Hospital San Juan de Dios y allí está mi hermana viendo las cosas de este mundo.

Por eso es que para mí, don Mario Echandi Jiménez, es Benemérito de la Patria desde aquel lejano día en que atendió la carta de mi madre.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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