literatura

Cuento la carretera panamericana

Siendo muy niño fui testigo de la conclusión de un buen tramo de la moderna carretera Panamericana.

Y es que, como parte del peregrinaje de mi familia en búsqueda del alimento, un día de tantos llegamos con nuestros escasos enseres a vivir a Ciruelas de Miramar -a tra­bajar con los Elizondo- lo que me permitió vivir a la orilla de la mencionada carretera por el sector norte, una carretera caliente, de piedra picada y muy llena de polvo.

En mi mente está fresquito el trajín de aquella obra descomunal, que se fue abriendo paso entre rocas a pura dinamita, maquinaria pesada, carretillos, palas y hombres sudorosos de torso desnudo, y piel achicharronada como consecuencia de un inclemente sol que siempre ha vivido por aquella zona.

Recuerdo que en plena construcción de los puentes, por allí bajaron en altos «yipones» color mostaza, quienes fueron a detener a sangre y fuego la contra revolución del 55.

Bajaron hacia Guanacaste con vestimenta verde, todos apiñados y muy tristes, pero después subieron hacia San José en algarabía y agitando sus pañuelos. En las dos ocasiones los poquísimos vecinos de Ciruelas nos apostamos a la orilla de la carretera para saludar a los soldados.

De este enredo de armas y peleas yo no entendía mucho, lo único que si entendí fue cuando un domingo a mi mamá, junto con otras amigas se les ocurrió, en medio del pleito entre Figueres y Calderón, ir a pasear al puente que se estaba construyendo sobre el Río Ciruelas.

Resulta que, estando allí, oímos una orden de que nos alejáramos inmediatamente del puente. El mandato venía de un grupo de hombres armados que se habían lanzado de un camión en movimiento para, rodilla en tierra y apoyo en la otra pierna, apun­tar (sin pasar a mas) a una escandalosa avioneta que volaba a muy baja altura sobre el puente en construcción.

Fue un tremendo susto y siempre que paso por ese sitio, aún hoy, se acelera mi ritmo cardiaco.

La verdad es que son muchos los recuerdos que guardo de esta carretera, como fue por ejemplo, la inmensa alegría que sintió la gente cuando esta fue asfaltada. ¡Y que cosa!, Hoy cincuenta años después, sigue siendo la misma carretera, en medio siglo no se le ha agregado una pulgada más de ancho y no existe siquiera capacidad para pintar y reparar los puentes. Hoy, y a manera de ejemplo, después de cualquier cantidad de Gobiernos y de miles de arrepentimien­tos por haber nombrado a tanto diputado y diputada ineficiente, no se ha podido repa­rar el puente sobre el río Barranca.

Claro está que el país se dio un gran lujo de tener semejante carretera para la cantidad de vehículos de aquella época.

Yo no sé desde entonces cuántas veces se ha quintuplicado la cantidad de vehícu­los, camiones y buses en este trayecto de la carretera, peor aún en estos tiempos sin ferrocarril, pero lo cierto del caso es que sigue siendo la misma en su tamaño.

Sin lugar a dudas, la carretera Panameri­cana más de medio siglo después de su pa­vimentación y puentes hasta con arcos de hierro, es un vivo ejemplo, todo un monu­mento, de la incapacidad acelerada de nuestros Gobiernos de poder mantener y adaptar la infraestructura vial de conformidad con las nuevas circunstancias.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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