literatura

CUENTO EL RANCHO DE LOLO

En una mañana de febrero de 1955 el rancho de Lolo Quesada, allá en Ciruelas de Miramar, «abrió sus puertas» para que un puñado de descalzos recibiéramos las primeras lecciones de primaria.

No hubo ninguna ceremonia de inaugu­ración, ni cosa parecida, en algo que sería de tanta trascendencia en nuestras vidas. Recordamos, eso sí, a la niña Miriam León atendiéndonos con mucha delicadeza a la entrada del rancho.

Sin mucho rodeo ni aspaviento, la siem­pre recordada maestra pasó lista, nos puso en fila por orden de tamaño, revisó orejas por aquello de la higiene, orientó, dio consejos, cantamos la cucaracha y ese mismo día nos dejó tarea.

El rancho era muy viejo; tan viejo, que un día de tantos, don Lolo sintió temor de que le cayera encima y entonces recogió las pocas cosas que tenía y se fue con su familia allá por donde estaba la ranchería de ,os Cuberos.
Este auto desahucio hizo posible que arrancara el aprendizaje formal en Ciruelas. Los padres de familia se reunieron un domingo, reforzaron el rancho y el lunes ya estábamos los güilillas con gran emoción y susto recibiendo la primera lección.

Un rancho viejo guarda sus cosas dentro de la palma y era común oír el grito de la maestra y ver la palidez y el tartamudeo del compañerito que de repente sintió sobre su cabeza la serpiente que se dejó caer del techo. Los alacranes nos recibían entre las rendijas de los astillones o astutamente ocultos en la gaveta del pupitre; y los ratoncillos se asomaban por doquier como queriendo participar en la lección que nos impartía la acongojada maestra.

Esta situación exigió que todas las mañanas, tuviéramos que revisar el rancho y sus alrededores y antes de alejarnos, teníamos que barrerlo.

Pero nunca el susto superó a los momen­tos de felicidad que pasamos en aquel rancho. Allí aprendimos a contar, sumar y restar siempre acompañados del murmullo del río Ciruelas.

Los recreos los disfrutábamos a la orilla del río, casi siempre debajo de un inmenso espabel y bajo el cuidado de la niña Miriam quien se integraba al grupo como un alumno más para jugar quedó, la gallina ciega, mirón, mirón, mirón y muchos otros juegos.

Por un buen tiempo, cuatro o cinco años, el rancho de Lolo sirvió de escuela; hasta que finalmente se botaron los horcones, la paja y los astillones para darle campo a la construcción de la escuelita que esta en el mismo lugar, en el mismo sitio, allí sobre la Carretera Panamericana Norte, frente al conocido restaurante El Garabito.

Si ustedes me preguntan cuántos días de lecciones recibí en primer grado yo no tengo la respuesta; quizá fueron cien, ciento cincuenta, doscientos o trescientos. Lo que puedo asegurar es que en el Rancho de Lolo, desde el primero hasta el último día de clases, se aprendió en un ambiente de amor, comprensión y cariño que marcó para siempre la vida de aquellos niños descalzos.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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