literatura

Cuento de extremo a extremo

Hoy sentí una gran felicidad… nunca había tenido una dicha así!

El goce fue grande y cosa extraña, me llegó cuando sentí un terrible dolor que retorció todo mi cuerpo.

Lo que viví, poquito antes de tanta felici­dad, fue algo tremendo. Y es que, por lo sorpresivo, no estaba preparado para se­mejante dolor; que fue breve, es cierto, pero brutalmente desgarrador.

Ahora, a punto de quedarme dormido, llega a mi mente con mucho más fuerza, lo que me sucedió hoy al mediodía camino a la pulpería.

Estoy seguro de que pasarán los años y siempre recordaré cómo en un instante, me llegaron juntos el dolor y la felicidad.

Digo que lo recordaré porque mamá me ha dicho, sin que yo la entienda lo suficiente, que la tristeza y la felicidad no hay que olvidarlas; hay que estarlas recordando, ya que la tristeza me enseña lo que no debo repetir; y la felicidad, si la tengo presente, será como una sonrisa permanente que llevaré para siempre y que me hará muy feliz.

Es por eso que me apresuro a repasar lo sucedido para nunca olvidar; y en cuanto aprenda a leer y a escribir, narraré por escrito lo que me pasó hoy a las doce, porque dicen que cuando se escriben las cosas, como que uno descansa y ya no tiene que pensar; nada más lo que tiene que hacer es leer lo que le ha sucedido.

Mientras tanto, voy a recordar:

Era cerca de eso que los mayores llaman las doce del día, cuando a mi mamá se le acabó el jabón y entonces tuvo que dejar de lavar ropa.

A mamá todos los días se le acaba algo. Ayer fue el arroz y la manteca, hoy el jabón, mañana podría ser el azúcar o los frijoles.

Cada vez que esto ocurre, tengo que salir corriendo para la pulpería a traerle lo que necesita. Yo creo que dentro de la pobreza que siempre nos acompaña, ella quisiera que las cosas fueran eternas, que no se terminaran, pero se terminan; y no queda más que comprar; y cuando se compra, tiene que ser fiado y entonces la deuda se hace más grande en la pulpería de los Ugaldes.

Hoy me dijo, como a esa hora que les mencioné:

-Juan, se me terminó el jabón y no puedo seguir lavando. -Tome la libreta que está sobre la cómoda y vaya donde don Eduardo a traerme media barra de jabón azul. – Vaya rapidito y nada de quedarse jugando por el camino y tampoco se le ocurra entrar al negocio por la puerta de la cantina.

Hacer un mandado por estas tierras oromontanas, cuando el sol está en el cen­tro del cielo y sin una sola nube, es todo un castigo. El calor es terrible, el polvo y las piedras se calientan y uno siente que los pies se le derriten.

A esa hora la calle del pueblo está ocupada únicamente por el canto de las chicharras; a quienes de tanto recibir el inclemente sol, se les seca la cabeza, se ponen locas de remate y terminan cantando, cantando y repitiendo en forma equivocada que son las seis; y que yo sepa, solamente hay dos seises en el día; que los conozco por los colores del sol.

El primer seis es cuando el sol es de color amarillo, como un pollito. Es el que entra todas las mañanas por las rendijas de la casa a despertarme y en donde alguien dice siempre que ya son las seis de la mañana.

El otro seis es cuando el sol es de color rojo y poco a poco se hunde en el mar hasta que llega la oscuridad y es porque, según mi mamá, se acostó a dormir y entonces yo también debo de acostarme porque ya son las seis de la tarde.

Pero dejo a las chicharras a un lado y sigo con lo que me pasó:

Lástima que el jabón no faltó un poco más tarde o en la mañanita, cuando mamá empezó a lavar y no a esta hora pero me pide que tengo que salir a comprarlo ya; y no me queda otra que echarme a la calle con este sol infernal que pone calientísimas las orejas y adormece la cabeza.

Camino a cumplir con el mandado, atento a no perder la libreta y siento que nunca he recibido tanto sol como ahora. No hay una sombra, no hay brisa, nada se mueve, el camino se hace largo, no veo a ningún vecino, solamente las escandalosas chicharras y yo ocupamos la polvorienta calle que lleva a la pulpería. Siento un inmenso deseo de devolverme, de renunciar a todo, pero veo que ya estoy frente al árbol de mango, que me falta menos para cumplir con el mandado.

Paso la pequeña curva y ya tengo al alcance de mis empañados ojos el negocio de don Eduardo, el único negocio del pueblo y que hace poco hicieron más grande para meter una mesa que es muy diferente a las mesas que conozco. Mi buen amigo Emiliano me dijo que la había traído un señor Víquez de un lugar muy lejano que se llama Alajuela.

Esta mesa no es para comer, es para jugar. Es muy grande, tiene un mantel verde y sobre este mantel las personas mayores golpean con un palo muy fino unas bolas lindísimas que van y vienen con sus precio­sos colores hasta que, después de chocar muchas veces, caen en unos huecos que están a los lados; pero que después los jugadores las sacan para seguir con su diver­sión y entonces las bolas nunca se acaban.

Desde la ventana de la pulpería he visto a los hombres jugar y jugar y veo que son muy felices, que se divierten mucho y yo quiero ser grande para hacer lo mismo. Lástima que don Eduardo le trajo juego solo a los mayores y no pensó en los chiqui­ tos que también nos gusta jugar.

Sigo caminando… ya la pulpería no me queda tan lejos. Bajo el techo del corredor veo a dos hombres conversando y noto que uno de ellos lanza algo así como una barrita blanca con cabeza colorada por los aires y el otro termina de beber algo y lo que le sobra, que se me ha dicho se llama hielo, también lo tira a la calle.

Me apresuro… quiero llegar pronto, quiero apartarme de la tormentosa calle que es un brasero. Alargo el paso, se me cae la libreta, la recojo, me levanto, quiero correr, me detengo para tomar impulso; y en ese momento, siento que me muero, que me muero, por el inmenso dolor que penetra por mi pie.

Algo he majado, algo que es mucho más caliente que la calle, que quema hasta el alma, que me sacude y me impulsa a correr el pie con rapidez para sentir entonces, en el sitio exacto donde la carne se desgarra, un frío delicioso, un inmenso placer.

Mientras disfruto del pedacito de hielo, que se deshace entre la quemadura y la calle, observo con el mayor desprecio, la descabezada chinga de cigarro muy cerca del otro pie.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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