literatura

CUENTO CONTRADICCIÓN LABORAL

Tengo un buen amigo en el Cantón de Montes de Oro que, para los tiempos que corren, padece de un extraño mal.

Hijo de un hogar ejemplar, heredó de su padre lo que para muchos podría ser una terrible enfermedad: ¡Ganas de trabajar!
Pertenece a esa población cada vez más escasa que se entrega con cariño y dedica­ción a sus obligaciones sin percatarse en sacrificios, horas de entrada y salida, en donde no caben expresiones como -«eso a mi no me toca» o – «eso es con fulano, no conmigo».
Con esta actitud mi amigo solamente busca una cosa: Servir como Dios manda a fin de tener la conciencia tranquila cuando recibe la paga; sabiendo que su salario se ha ganado honradamente pues por lo general ha dado más de lo que le piden.
Aunque personalmente me hubiera gustado que conociera sobre Legislación Laboral lo cierto es que mi amigo no entien­de ni ha querido entender de Códigos de Trabajo y mucho menos de Convenciones Colectivas y de derechos adquiridos. Él sencillamente lo que hace es trabajar y trabajar con mucho entusiasmo; digamos que le pone muchas ganas al asunto ya sea en albañilería, carpintería, chapeando, empacando, estibando o pintando casas.
Esta «enfermedad» de querer trabajar, lo llevó un buen día a solicitar y conseguir trabajo en una empresa ubicada por aque­llos contornos y que está como a unos veinte kilómetros de Miramar.
Y con el lucero del alba escondiéndose en los confines del Golfo de Nicoya, iba todos los días en su vetusta bicicleta al trabajo y allá se presentaba una hora antes de que empezara la jornada.

Los primeros días tuvo problemas con el inicio de sus labores, pues el guarda le exigía tener que esperar porque era muy temprano. Esta espera lo sacaba de quicio lo desesperaba, y en un descuido del vigilante saltaba los muros y empezaba a trabajar.

Después el guarda entendió al «loco» y decidió dejarlo pasar antes de que se quebrara todo por subir y saltar tapias.
Pero las dificultades para este trabaja­dor no se detuvieron ahí. Todo lo contrario, más bien se incrementaron cuando los compañeros de la fábrica le reclamaron la madrugadera; pues se sentían mal cuando marcaban la tarjeta de ingreso y se encon­traban que ya el «atarantado» llevaba el trabajo bien adelante. Y como si fuera poco, por la tarde se retiraban todos y el «sapo» se quedaba allí preparando las cosas para el día siguiente.
Hasta que un día de tantos decidieron quitarse aquel estorbo, ya no aguantaron más y lo acusaron ante la Gerencia por exceso de trabajo. Y por este «defecto» lo echaron del trabajo en aras de mantener la armonía laboral.
A mi amigo Miranda se lo comió su «enfer­medad laboral» mientras que a muchos ni por asomo les llegará esta peste; pues bien sabemos de gente que tranquilamente y sin un ápice de vergüenza cobra y exige pagos de horas extras inclusive sin haberlas trabajado.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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