literatura

Cuento Cantando por un lápiz

El carro que anunciaba la pastilla contra el dolor de cabeza llegó a Miramar un sábado a mitad de la mañana.

Era una camioneta blanca rotulada con grandes letras azules y rojas; con dos inmensos parlantes que atiborraban a los vecinos de un inusitado escándalo musical, para una comunidad acostumbrada al moderado volumen del radio de los Cob y el de la pulpería de Memo Micó.

La estridente voz del chofer interrumpía la canción para anunciar el analgésico y de paso invitar a la chiquillada a que participara en un concurso de canto a las doce del día en la plaza del pueblo. Insistía en que de los primeros veinte niños que se hicieran presentes, los diez mejores cantantes recibirían como premio un lindo, grande y blanco lápiz con la marca de la pastilla.

Yo, en plenitud de mi niñez, había oído que iba a llegar un carro cargado de regalos. Pensé que llegado ese día, me levantaría temprano a esperar el carro para recibir los regalos a manos llenas.

En la espera, pasaron por mi mente trompos, canicas, maromeros y hasta un carro con pedales que había visto en la ventana de un almacén en Puntarenas.

Ya estaba allí lo que se me había anunciado. Pero cuando oí que no era asunto de extender la mano, sino que había que ganarse el regalo, sentí que el mundo se me venía encima.

Y es que la única canción que medio me sabía era Los Pollitos. Pero tampoco quería claudicar de buenas a primeras; y me fui a la plaza dispuesto a cantarla contra viento y marea.

Cuando llegué al lugar del concurso, el escandaloso carro estaba rodeado de niños y niñas que, en forma desordenada, pedían al chofer que los anotara para participar en el concurso.

De repente me vi envuelto en medio de aquel bullicio y grité mi nombre a más no poder; hasta que, finalmente, fui uno de los escogidos.

Cuando se mencionó mi nombre entre los concursantes, el corazón se me quería salir del pecho. Los cantantes fuimos alineados en fila india por orden alfabético y el primero que tenía que cantar era yo.

El locutor solicitó silencio y me presentó. Mis palpitaciones se aceleraron, las manos me sudaban, se me hizo un nudo en la garganta, ¡Pero yo quería el lápiz! Tomé el micrófono y sin quitarle la mirada a una linda chiquilla que me había dibujado un corazón en el cuaderno, empecé a cantar:

-Los po…los po… los po… los po… y de allí no pasé; porque no pude recordar la letra y mucho menos la música.

Todos soltaron la risa y desde luego no me gané el lápiz. Tampoco me dibujaron más corazones en el cuaderno… Pero aprendí una gran lección: que en las diferentes pruebas que tenemos en esta vida, además del entusiasmo, hay que prepararse para el momento y saberse muy bien la canción.

Bibliografía:

Bermúdez León, A. (2010). Cuentos de pólvora, oro y sol. TIBAS, Costa Rica: Bermúdez León, Albán

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